El señor Dívar y otros ‘divaneos’

Por Nathalie García

Considerando que el uso de la violencia es la más terrible de las actuaciones del ser humano, volquemos, en esta ocasión, nuestra atención hacia una de las miserias humanas más cotidianas, como la hipocresía, enfermedad crónica de nuestra sociedad supuestamente desarrollada.

 

La hipocresía es el referente principal de cualquier mente conservadora que, resumido en preciada perla, sería “yo hago lo que me da la gana y tú haces lo que yo te diga”. Y esta sencilla premisa sanctasanctórum de nuestros gobernantes y cargos públicos ha dado lugar a una pérdida absoluta de la ética personal y a la utilización de multitud de eufemismos para ocultar una simple palabra cuya definición según la Real Academia de la Lengua es la siguiente: “tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea”.

¿Qué mecanismos internos actúan en la mente del titular de un relevante cargo público para alargar su mano hacia la caja común sin remordimiento alguno? Intentemos analizar.

Cuando una persona consigue un puesto de responsabilidad, ya sea en la vida pública o en la empresa privada, queda expuesto a una curiosa enfermedad, altamente contagiosa, llamada “tendinitis del dedo índice apuntando hacia el ombligo propio”, que traducido sería más o menos: qué suerte tiene el vulgo de tenerme a mí, yo, que tanto doy a cambio de tan poco. Y claro está, ese esfuerzo, esa entrega no reconocida, debe ser recompensada de alguna manera y llegados a este punto la publicidad se hace Verbo y todo queda resumido en el “porque yo lo valgo” y ya todo adquiere sentido, viajes, hoteles, restaurantes, coches oficiales, escoltas y lo que se tercie porque es de justicia. Y cuando se les pide explicaciones, se ofenden y utilizan sus armas favoritas para contraatacar: la soberbia y la prepotencia, ya que hace tiempo que olvidaron su papel de servidores públicos.

El agujero legal que suponen los gastos de desplazamiento y/o de representación es una de la mayores lacras de nuestro sistema democrático, nuestro país está lleno de ejemplos poco edificantes. En este terreno, EQUO tiene mucho que decir y aportar, con la presentación de una ley de transparencia política que sea realmente eficaz, con nuestro decálogo de obligado cumplimiento para todos los representantes públicos y el compromiso de difundir los valores que deben acompañar siempre a quien representa los intereses de los ciudadanos.

En el ámbito de la empresa privada he podido comprobar la absoluta falta de escrúpulos de todo tipo de directivos presentando gastos inflados con facturas de familiares, amigos y conocidos, viajando sin motivo real de trabajo y gastando alegremente los dineros de la empresa, y estas viejas prácticas se han trasladado al ámbito público de forma automática. Todos podemos presumir de ser personas íntegras hasta que llega la maldita tentación en forma de tarjeta de crédito y nos llegan a la mente unas hermosas imágenes del mar y pensamos: ¿qué importancia tiene que cojamos una botellita de agua salada? ¿acaso se va a notar? ¿acaso descenderá el nivel del mar? ¿acaso lo notarán los pececillos? Pues entonces… pelillos a la mar.

Noticia aparecida en cartas al director del País del viernes 15 de Junio: “El Tribunal Supremo ha denegado los gastos de desplazamiento de dos de los testigos en el juicio del juez Garzón por la causa del franquismo”

Lógico, los gastos de desplazamiento son para ‘divaneos’.

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